Walter Benjamin (1892-1940), siguiendo la
tradición marxista del arte, sostiene en La
obra de arte en la era de la reproductibilidad técnica (1936), que la
reproductibilidad del arte, a través del cine y la fotografía han cambiado la
forma en que entendemos y percibimos el arte, es decir, ha permitido un proceso
de masificación de la obra. Por otro lado, en el capitalismo, la obra de arte
se reduce al valor de cambio, es decir, su precio en el mercado.
Desde esta base, me gustaría empezar una
reflexión que se da desde una película nominada al Oscar y que, en mi opinión,
es de lo mejor que se presenta entre el 2024 y el 2025: El Brutalista, así como observar la interesante manera en que diferentes expresiones artísticas pueden relacionarse, como el cine, la arquitectura (de lo que trata la película), con la pintura y la reflexión filosófica.
El brutalismo se define como un estilo
arquitectónico surgido en el Reino Unido durante la década de 1950 durante la
posguerra. Usa materiales como hormigón y concreto. Se podría decir que
estéticamente no es bello, pero sí funcional. Se podría decir que muchas
construcciones actuales han heredado ese estilo.
La película El Brutalista, dirigida de manera
estupendamente por Brady Corbet, escrita por el mismo Corbet y Mona Fastvolt y
musicalizada brillantemente por Daniel Blumberg, narra la vida del personaje ficticio
Lazlo Toth, interpretado por Adrien Brody. El personaje es un arquitecto
húngaro judío quien sobrevive al Holocausto; viaja a Estados Unidos cuando este
país está entrando a la Modernidad, él ha tenido que dejar a su esposa e hijos
viviendo en una situación de pobreza y miseria intolerable.
La película nos va trasladando por la vida del
migrante posguerra en Estados Unidos: trabaja para su primo Atila, quien se ha
hecho cristiano y estadounidense en Pennsylvania; esto lo hace víctima de
abusos y calumnias, hasta que, es un trabajo que hace para su primo, conoce a
Harrison Lee Van Buren (interpretado por Guy Pearce) quien al ver el talento
del arquitecto (que en principio no lo nota) decide contratarlo para que
construya un gran instituto público que será la muestra de su grandeza (típico
suelo del capitalista)
Durante los años que pasan en la construcción,
ocurren diferentes acontecimientos que ponen en peligro la obra, así como la
relación entre Toth y Van Buren; sin embargo, la obsesión del arquitecto por
terminar el trabajo, se hace incomprensible para el espectador hasta el final
de la película.
Van Buren muestra su “bondad y poder” al ayudar
a Toth para que, su mujer, ahora en silla de ruedas y, la sobrina de ambos, a
quien quieren como una hija, lleguen a los Estados Unidos con la ayuda del
abogado judío del empresario, pero esa “bondad” se quiebra en algunas escenas,
como en el momento que le arroja unas monedas delante de la mujer del
arquitecto y sus invitados, cuando lo humilla en el trabajo y, cuando lo
ultraja.
Muchas interpretaciones de la película abordan
la tesis del modo cómo llegan los inmigrantes para conseguir nuevas
oportunidades, la pujanza de la sociedad estadounidense durante la posguerra,
la construcción del legado estadounidense en contraste con su pasado esclavista
y segregacionista y, las complicaciones de una nueva vida para los que llegan.
Incluso, alguna interpretación, sostiene que Toth representa a muchos
profesionales, quienes sobrevivieron a los campos de concentración y
reconstruyeron sus vidas, así como sus carreras en los Estados Unidos. Estas
interpretaciones son correctas, pues la interpretación debe ser juzgada desde
su relación y argumentación en cuanto al aspecto interpretado; empero, tenemos
otra interpretación: el afán del capitalismo por poner al arte a su servicio.
En el año 1933, unos años antes del contexto en
que nos ubica la película, Nelson Rockefeller, presidente de la junta del
Centro Rockefeller, en Nueva York, contrató al famoso muralista mexicano Diego
Rivera para que pintara un mural en el vestíbulo del edificio Rockefeller. El
mural que Rivera pintó fue El Hombre Controlador del Universo, el cual
representaba la lucha entre el capitalismo y el comunismo, colocando a Lenin
como una de las figuras principales.
Rockefeller consideraba que la figura de Lenin
en el mural, era una propaganda comunista y que, por ende, debería ser
eliminada de “su mural”; ante esta cuestión, Diego Rivera se negó alegando que
era una obra de arte y, no podía censurarse. Esto llevó a una disputa en los
medios de la época, concluyendo en la destrucción del mural sin ser este
exhibido públicamente, pero sí pagados los servicios de Rivera, porque todo se
arregla con la chequera.
Al año siguiente, en 1934, el entonces Ministro
de Educación Pública de México, José Manuel Puig Casauranc, encargó a Diego
Rivera pintar el mural en el Palacio de Bellas Artes de México; esto fue luego
apoyado por Narciso Bassols, quien sucedió en el cargo a Puig.
No concuerdo con la visión marxista o, en una
de las tantas visiones que salieron como fruto de malas interpretaciones del
pensamiento de Karl Marx, quienes definen al arte como una herramienta al
servicio de la lucha de clases. Yo creo que el arte debe tener libertad para
cuestionar la sociedad, desde una visión libre del artista, lo cual, no se
puede lograr desde la visión marxista, ni desde una visión capitalista, pues
ambas terminan haciendo del arte y, por añadidura, del artista, un servidor de
sus intereses.
El filósofo alemán, Theodor Adorno (1903-1969),
representante de la segunda generación de la Escuela de Frankfurt, nos presenta
una interesante reflexión acerca de la función del arte en la sociedad. Para
él, desde la teoría crítica, el arte debe ser autónomo y crítico de la sociedad,
es decir, no necesariamente una expresión de la cultura de masas, pues no
porque le guste a la mayoría, significa que es crítico. Ese aspecto lo vemos en
la actualidad, donde se intenta democratizar toda expresión humana, llevando
desde la decisión de la mayoría, hacia lo que se cree mejor para todos.
Adorno propone la idea de “arte negativo” donde
plantea dos funciones del arte que deben ser diferentes a las establecidas: Capacidad
del arte para cuestionar y criticar la sociedad, en lugar de reflejarla y
adornarla; capacidad difícil y desafiante del arte, ante el facilismo y el
consumismo del mismo. Así mismo, Adorno señaló que el arte está dominado por
una industrialización capitalista que produce una cultura de masas superficial
y alienante, ante la cual, el arte debe poner resistencia.
Esta relación, tan clara entre el arte y el
capitalismo, que a la vez se ha manifestado en diferentes etapas históricas, como en el
Renacimiento, cuando los Mecenas patrocinaban el arte, se traslada hasta la
modernidad y, en el caso la película El
Brutalista, esta relación es evidente y, no difiere en mucho de la que,
probablemente tuvieron Miguel Ángel y Julio II, Sandro Boticelli y Lorenzo de
Médici o, Diego Rivera y Nelson Rockefeller, por poner solo algunos ejemplos
de los muchos que debe haber en la historia del arte. Es cierto que lo ideal es
la libertad del artista; sin embargo, cabe preguntar: ¿Hasta qué punto la
sociedad, la cultura, la educación y, el Estado en que vivimos, permite esa
libertad? Porque, en muchos casos, la sociedad y el Estado, más que entender el
arte, así como el trabajo del artista, termina siendo quien censura ese
trabajo, por causas morales, religiosas y anacrónicas, sin intentar entender,
sino simplemente censurar, porque se debe censurar.
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